Trabajó como empleada domestica en casas de familias distinguidas, en especial la de un doctor reconocido de la época, en donde vivió muchas experiencias. Cuenta que incluso una ocasión asistió al galeno en una amputación de pierna.
Se casó a los 30 años, con Rafael Fonseca, con quien tuvo cuatro hijos. Le siguió una descendencia de 17 nietos, 17 bisnietos, 12 tataranietos y muchos admiradores de su longevidad.
Tiene más de ochenta años de estar viviendo en Barrio San José de Curridabat con su simpática
y amable hija María Cecilia.
“Mi mama goza de una salud envidiable: no padece de nada, para la edad que tiene no toma ninguna pastilla y los hospitales ni los conoce; solo va para chequeos de rutina” comenta su hija María.
Le encanta andar limpiando y en especial el tener que usar la escoba (su compañera inseparable). Considera que es una barbaridad el problema de la basura que tenemos en el país y piensa que se debería solucionar inmediatamente.
Se levanta a las 9 de la mañana, y se acuesta como a las ocho de la noche. Acostumbra a tomar café y agua dulce, a leer el periódico ¡sin anteojos!, a coser y a comer absolutamente de todo, siendo los chicharrones uno de sus platillos mas preferidos.
Con clase y con un estilo muy propio, se fuma un cigarrillo, “pero no todo” porque lo apaga a la mitad para poder reutilizarlo luego. Doña Marta en una balanza con el antes y el ahora, aunque asegura que prefiere el ahora por todas las comodidades que poseemos y que ella disfruta mucho.
Fue a votar en las pasadas elecciones presidenciales y sus familiares aseguran que la van a llevar a las urnas para poder votar en el Referéndum.
Con una lucidez impresionante, y una actitud positiva nos pone a reflexionar con esta frase: “La muerte debe llegar adonde uno y no uno adonde ella”. |